¿Cómo puedo enfrentar la desilusión de ver a una persona a la que he aconsejado volver a caer en el mismo pecado? ¿De dónde saco el ánimo y la fortaleza para poder continuar con un ministerio en donde veo tanta apatía o poca participación? ¿Cómo sé cuando debo continuar o cuando debo rendirme o intentar por otro lado?
Basado en Hechos 20:18-21
Medir el “éxito” en el ministerio es una tarea escurridiza. De hecho éxito es un término con demasiada carga de significados mundanos y poco útiles. El ministerio (diakonía: servicio) es precisamente eso, un servicio a Dios y—como un servicio encomendado—el éxito del servidor es haber hecho lo que se le pidió que hiciera. Esto es lo que la Biblia llama fidelidad.
En el ministerio ciertamente somos llamados a servir hacia las personas, predicando, aconsejando, enseñando, visitando y muchas otras cosas. Es casi natural esperar un resultado de todo nuestro trabajo, un resultado positivo que nos indique que tanto esfuerzo está valiendo la pena: vidas transformadas, rostros felices, problemas resueltos, vidas rendidas a Cristo. Sin embargo, el cómo las personas van a responder a la obra de Dios a través de nosotros no es nuestra responsabilidad sino la de las personas y de la obra del Espíritu Santo. Nuestra responsabilidad fundamental es ser fieles a Dios.
Esto no quiere decir que vamos a servir fríamente desconectados del afecto y del corazón. Tampoco significa que vamos a descuidar, ser perezosos o negligentes en cuanto a cómo servimos en la práctica a las personas. Pablo nos da un buen ejemplo en sus palabras finales a los pastores de Éfeso. Veamos estos elementos:
a. Ustedes saben que desde el día que pisé la provincia de Asia hasta ahora…
Había un testimonio visible en la vida y el ministerio de Pablo. Su vida y trabajo eran vistos por otros, de tal manera que podían ver la evidencia de su fidelidad. No fue un trabajo hecho en secreto, sino que podía ser un ejemplo para quienes tomaban el estandarte.
b. He hecho el trabajo del Señor con humildad y muchas lágrimas…
Pablo no estaba desconectado. Pablo no estaba solo cumpliendo con una tarea emocionalmente desconectado de las personas, sino que su corazón iba en el servicio. Había sufrimiento, dolor, acompañamiento y humildad. Nadie podía decir de Pablo que solo estaba ahí como un trabajador pagado, había un amor visible por las personas, tiempo, esfuerzo, preparación, sacrificio. Lágrimas.
c. He soportado las pruebas…
Esto nos habla de paciencia y perseverancia. Cuando no sabemos a quién servimos es fácil comenzar a resentir a las personas o al ministerio que nos “hacen sufrir”. Pablo sabía por quién sufría y la naturaleza del sufrimiento en un mundo dominado por el pecado. Él sabía que su lucha no era contra sangre y carne, sino contra los poderes mismos de la oscuridad, ¿Estás tú consciente de eso? Pablo no se rindió cuando era difícil o doloroso.
d. Nunca me eché para atrás a la hora de decirles lo que necesitaban oír…
No podemos agradar a los hombres y agradar a Dios al mismo tiempo. Si así fuera no podríamos ser esclavos de Cristo. La mejor manera de amar y servir al pueblo de Dios es siendo fieles a la Palabra de Cristo. Nuestras buenas intenciones por sí mismas no pueden obrar lo que la Palabra de Dios sí puede. Confía en la Palabra. Es la Palabra la que tiene el poder para transformar los corazones más duros.
e. He tenido un solo mensaje…
Integridad de vida y mensaje. Esto quiere decir que somos los mismos ante cualquier audiencia: ante una multitud o una persona, ante el pueblo de Dios y ante Dios mismo. No cambiamos nuestro mensaje ni nuestra vida para agradar al ojo humano, sino que tenemos solo un mensaje.
f. La necesidad de arrepentirse del pecado, de volver a Dios y tener fe en nuestro Señor Jesucristo.
Este es nuestro mensaje. Nuestra encomienda es vivir y predicar este mensaje, es eso lo que podemos controlar y lo que se nos pidió hacer: anunciar/enseñar/predicar el evangelio. Nosotros no tenemos dominio en la voluntad de las personas y los afectos de su corazón. Podemos realizar fielmente todo lo anterior y aún así cada hombre es responsable de responder al mensaje del evangelio. Y el Espíritu Santo tiene el papel de convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio.
»Y ahora sé que ninguno de ustedes, a quienes les he predicado del reino, volverá a verme. Declaro hoy que he sido fiel. Si alguien sufre la muerte eterna, no será mi culpa, porque no me eché para atrás a la hora de declarar todo lo que Dios quiere que ustedes sepan. Hechos 20:25-27
Que maravilloso sería poder decir estas palabras al final de nuestra carrera: «Declaro hoy que he sido fiel».
En nuestra humanidad quizás nos gustaría llenar nuestra boca de logros, de números, de estadísticas, de testimonios, de medallas y reconocimientos; cosas que podamos presentar al final de nuestra carrera. Pero lo más noble, digno y lo mejor que podemos decir es «he sido fiel», «Señor, he hecho lo que me encomendaste».
Mira lo que Pablo dice después:
Sé que, después de mi salida, vendrán en medio de ustedes falsos maestros como lobos rapaces y no perdonarán al rebaño. Incluso algunos hombres de su propio grupo se levantarán y distorsionarán la verdad para poder juntar seguidores. ¡Cuidado! Recuerden los tres años que pasé con ustedes —de día y de noche mi constante atención y cuidado— así como mis muchas lágrimas por cada uno de ustedes. Hechos 20:29-31
Pablo sabía que de entre las mismas personas por las que él había derramado tanto corazón y lágrimas, algunas iban a caer, otras iban a desviarse y algunas iban incluso a intentar destruir lo que con tanto esfuerzo él Señor había levantado. Es la triste realidad.
El apóstol Pablo nos recuerda que nuestro trabajo va a quedar inconcluso, es por eso que nos dejó el ejemplo de levantar a las nuevas generaciones, nuevos líderes. Y nos recuerda que solo somos colaboradores, la obra es del Señor, él va a edificar su Iglesia.
Podemos descansar y tener esperanza, podemos enfrentar las pruebas sabiendo que no tendrán un impacto definitivo en el plan eterno de Dios.
Podemos enfrentar las desilusiones, las pruebas y los resultados no esperados sin que afecte nuestra identidad y confianza en Cristo.
Podemos tener una perspectiva clara de la iglesia, sus complejidades y sus necesidades sin perder la esperanza, sin dejar de ver la belleza, la bondad de Dios y sus maravillas.
Así que cuidemos lo primero que debemos cuidar: a nosotros mismos. Por que cuidarnos a nosotros mismos de manera integral (espíritu, emociones, cuerpo, mente) es el primer paso para poder cuidar del rebaño de Dios.
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