No podemos quedarnos a vivir en la montaña, pero tampoco podemos vivir sin pasar tiempo en ella. —Barclay
Todos íbamos en el auto de regreso a casa. El trayecto a través de toda la baja iba tomar aproximadamente 18 horas, íbamos a quedarnos a dormir en un pueblo a mitad del camino. Así que todos tuvimos tiempo de pensar en la hermosa experiencia de convivir con otros pastores, líderes y siervos de Dios. Pero también, como una sombra que crece y se alarga al ponerse el sol, se asomaba dentro de nosotros la realidad de que tendríamos que regresar a los desafíos y desilusiones del “mundo real”, de la rutina, del trabajo y todo lo demás. Era momento de bajar de la montaña.
Seis días después, Jesús tomó con Él a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto. Delante de ellos se transfiguró; y Su rostro resplandeció como el sol y Sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él. Mateo 17:1-3 (NBLA).
En el monte, Pedro, Jacobo y Juan pudieron ver la gloria de Jesús. ¡Qué maravillosa experiencia debió haber sido! El poder ver con sus ojos a Jesús en su gloria. El velo fue corrido, sus ojos abiertos, lo mortal dio lugar a lo inmortal, lo perecedero abrió paso a lo eterno. Ese momento fue tan asombroso que en sus corazones desearon que se extendiera por siglos sin fin.
En ese momento, Pedro le hace una sugerencia a Jesús:
Entonces Pedro dijo a Jesús: «Señor, bueno es que estemos aquí; si quieres, haré aquí tres enramadas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías». Mateo 17:4 (NBLA).
“Es bueno que estemos aquí”, dijo Pedro, y quería construir tres tabernáculos; uno para Jesús, otro para Moisés y otro para Elías; así, ese momento podía convertirse en horas, días, quizás semanas. Todo aquel que ama a Jesús hubiera deseado hacer lo mismo.
Cuando experimentamos la presencia de Dios, especialmente en momentos de compañerismo, de aprendizaje de la Palabra, en oración, cuando la Iglesia está reunida, en una conferencia o en un campamento, nos decimos “ojalá la vida cristiana fuera siempre así”. Quizás repetimos las palabras de Pedro “Señor, es bueno que estemos aquí.”
Pero en ese momento se oye una voz del cielo, la voz de Dios que dice:
Mientras estaba aún hablando, una nube luminosa los cubrió; y una voz salió de la nube, diciendo: «Este es Mi Hijo amado en quien Yo estoy complacido; óiganlo a Él». Mateo 17:5 (NBLA).
Aquí viene el primer principio:
1. Nuestro deber es seguir a Jesús
¿Cómo es que Pedro, Jacobo y Juan pudieron presenciar este hermoso momento? Estaban siguiendo a su Maestro. Jesús los llevó a la montaña. No sabemos por qué, pero sabemos que si lo hizo es porque era necesario para ellos.
De la misma manera, cuando era el momento, Jesús los llevó de vuelta al camino. Pedro tuvo una maravillosa idea, ¿a cuántos de nosotros no se nos hubiera ocurrido lo mismo? ¿Cuántas veces no hemos deseado estirar esos momentos de refrigerio y de comunión con Dios y con la Iglesia? Pero la voz de Dios les recordó algo muy importante: Escuchen a Jesús.
Es nuestro Señor, nuestro Maestro aquel a quien debemos seguir. No a lo que nosotros pensamos que es mejor para nosotros. Además, él sabe cuando llevarnos a la montaña y cuando traernos de vuelta. Él sabe que, si de nosotros dependiera, nunca visitaríamos la montaña (por estar ocupados en el ministerio), y estando en ella nunca íbamos a querer dejarla (por lo bien que se siente). Necesitamos escucharlo a él seguirlo a él.
2. Hay un mundo en necesidad abajo de la montaña
Cuando llegaron a la multitud, se acercó a Jesús un hombre, que arrodillándose delante de Él, dijo: «Señor, ten misericordia de mi hijo, porque es epiléptico y sufre terriblemente, porque muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. »Lo traje a Tus discípulos y ellos no pudieron curarlo». Mateo 17:14-16 (NBLA).
Mientras bajaban de la montaña, el suave sonido del viento entre las hojas de los árboles, y el tenue trinar de las aves fueron abruptamente interrumpidos por las voces de una multitud que esperaba a las faldas del monte, se escuchaba algún que otro grito exigente, preguntas y reclamos. El golpe de realidad.
Jesús aún tenía una misión que cumplir. Al bajar de la montaña Jesús no solo se encuentra con una multitud en necesidad y frustrada, con un padre inseguro que busca la sanidad y liberación de su hijo, y con un grupo de discípulos que ha fracasado y que aún necesitan crecer en su fe.
Estoy seguro de que mientras veníamos viajando en la carretera, cada uno de nosotros venía pensando en los desafíos personales que sabemos que nos esperaban en casa: Los asuntos sin resolver con la esposa, decisiones acerca del trabajo, el trabajo mismo, las tentaciones relacionadas con la rutina y las distracciones, la iglesia, el ministerio, la familia, las tarjetas, la gente, etc.
Por una parte, está bien tener una perspectiva realista y bíblica acerca del mundo. Sabemos que no encontraremos en él nuestra esperanza y nuestra satisfacción. Estoy seguro, que después de haber estado en loa montaña, Pedro, Jacobo y Juan, tenían una perspectiva diferente de los desafíos que ahora tenían enfrente. El solo hecho de saber quién caminaba al lado de ellos, el Glorioso Jesús.
Mira los desafíos y la necesidad del mundo a través de los ojos de la fe.
Por la fe Moisés, cuando ya era grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo más bien ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los placeres temporales del pecado. Consideró como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa. Por la fe Moisés salió de Egipto sin temer la ira del rey, porque se mantuvo firme como viendo al Invisible.
Hebreos 11:24-27 (NBLA).
3. Que las batallas no te agarren desprevenido
Mateo 17:19-21 (NBLA). Entonces los discípulos, llegándose a Jesús en privado, dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?». Y Él les dijo*: «Por la poca fe de ustedes; porque en verdad les digo que si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a este monte: “Pásate de aquí allá”, y se pasará; y nada les será imposible. »Pero esta clase no sale sino con oración y ayuno».
En una guerra hay que estar preparados antes de que llegue la batalla. Hay un punto crítico, y hay cosas que ya no puedes corregir cuando el ejército enemigo ya está frente a ti. Si no te preparas para la batalla, te estás preparando para caer.
¿Qué cosas te enseñó Dios en la montaña? ¿A quiénes llevó Dios a la montaña junto contigo? ¿Qué te mostró Jesús de sí mismo en la montaña? ¿Estás añadiendo a eso que el Señor puso en ti? ¿Estás siendo responsable?
Por esta razón también, obrando con toda diligencia, añadan a su fe, virtud, y a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio, al dominio propio, perseverancia, y a la perseverancia, piedad, a la piedad, fraternidad y a la fraternidad, amor. Pues estas virtudes, al estar en ustedes y al abundar, no los dejarán ociosos ni estériles en el verdadero conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. 2 Pedro 1:5-8 (NBLA).
Los buenos escritores saben que un buen protagonista de una historia es aquel que avanza la historia a través de sus decisiones, al contrario de un protagonista al que simplemente le pasan cosas, la historia le pasa a él. No dejemos que la vida y los desafíos nos pasen, y que sean los que dicten nuestras decisiones. Estemos preparados para enfrentar los desafíos de la mano de Dios.
Seamos diligentes en lo que requiere diligencia, seamos responsables, echemos mano de la gracia de Dios, estemos unidos en oración, ayunemos en dependencia de Dios y caminemos como viendo al invisible.
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