“Estoy seguro de que en ningún lugar he crecido en gracia ni la mitad de lo que lo he hecho en el lecho del dolor”.
– Charles Spurgeon
La enfermedad de un hijo, la pérdida de nuestros padres, una separación, el diagnóstico de una enfermedad, la pérdida de un trabajo; ese tipo de cosas que inesperadamente sacuden nuestra fe y mueven el suelo debajo de nuestros pies. Son los sufrimientos los que muchas veces pueden hacernos pensar que la vida ha perdido propósito.
Las dificultades serias en nuestra vida pueden hacernos dudar si es que Dios está tomando la mejor decisión en tal circunstancia. “Señor, ¿realmente esto es lo mejor?”, “Dios, no veo cómo esto tiene sentido”, “esto no puede ser parte de tu plan.”
Hay sufrimientos que son resultados directos de nuestras malas decisiones y de pecado no arrepentido. Pero también hay sufrimiento que no es resultado directo del pecado personal. Sin embargo, todo sufrimiento rendido a Dios puede ser redimido y usado para lograr sus propósitos.
Los sufrimientos en la vida de José, el hijo de Jacob, vinieron por mano de la envidia de sus hermanos. Su juventud estuvo marcada por el odio de sus hermanos, la injusticia, el exilio y el menosprecio de otros. Sin embargo, Dios utilizó todo esto para llevarlo a una posición de poder y autoridad.
Y después de muchos años, José se reencuentra con sus hermanos, esos que lo vendieron como esclavo, lo separaron de su familia y lo enviaron a una nación extraña; y ahora él está en una posición donde pudiera fácilmente aplastarlos o salvarlos de morir de hambre. ¿Qué va a escoger José?
Génesis 50:19-21 (N.T.Viviente). Pero José les respondió: No me tengan miedo. ¿Acaso soy Dios para castigarlos? Ustedes se propusieron hacerme mal, pero Dios dispuso todo para bien. Él me puso en este cargo para que yo pudiera salvar la vida de muchas personas. No, no tengan miedo. Yo seguiré cuidando de ustedes y de sus hijos. Así que hablándoles con ternura y bondad, los reconfortó.
Es muy fácil dejar que el sufrimiento nos convierta en seres amargos y cínicos. Pero tenemos en Cristo y en su palabra abundantes recursos para afrontar el sufrimiento. La Biblia está repleta de esperanza para los que sufren, pero más hermoso que eso: La biblia nos presenta a un Dios que sufre, sufre con nosotros y sufre por nosotros.
El sufrimiento en una de las más poderosas y efectivas herramientas en las manos de Dios. Si no fuéramos tan tercos, sordos y orgullosos, tal herramienta no sería tan necesaria. Pero lo es. El sufrimiento rendido a las manos de Dios tiene un poder asombroso para transformarnos a la imagen de Cristo.
Incluso el sufrimiento que viene por mano de otros puede ser usado por Dios. Creo que fue Charles Spurgeon quien dijo algo como “Dios le da suficiente cuerda a satanás, solo para ahorcarse a sí mismo”. O mejor usemos las palabras de José, “ustedes pensaron mal contra mí, pero Dios lo transformó en un bien.”
No tienes que saber qué es lo que Dios quiere hacer con tu sufrimiento, solo ríndeselo a él. Búscalo en el desierto de la aflicción. Él está cerca y listo para consolarte.
Salmos 27:10 (NBLA). Porque aunque mi padre y mi madre me hayan abandonado, El SEÑOR me recogerá.
En Isaías 53 Jesús es llamado varón de dolores. La historia de nuestra salvación es una historia de sufrimiento. Dios, por amor, sufre al enviar a su Hijo al mundo. Y Jesús, de hecho, da cumplimiento a la vida de José como si fuera una profecía. Jesús, al igual que José es envidiado y rechazado por sus hermanos (los judíos), es capturado injustamente, es vendido por monedas, y (a los ojos de su padre Jacob, José muere). Pero Dios lo eleva a una posición de autoridad, y se convierte en el salvador.
El sufrimiento puede convertirnos en tiranos o en salvadores. Las dificultades enfrentadas con cinismo y sin fe pueden convertirnos en personas que causan más sufrimientos, o pueden convertirnos en personas que ofrecen esperanza y consuelo para aquellos que sufren.
Permite que tu sufrimiento en las manos de Dios cobre un nuevo significado.
Isaías 43:1-2 (NBLA). Mas ahora, así dice el SEÑOR tu Creador, oh Jacob, Y el que te formó, oh Israel: «No temas, porque Yo te he redimido, Te he llamado por tu nombre; Mío eres tú. »Cuando pases por las aguas, Yo estaré contigo, Y si por los ríos, no te cubrirán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, Ni la llama te abrasará.
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