Con la llegada del día de muertos vienen algunas dudas e inquietudes acerca de la muerte, de neustra participación o ausencia en esta celebración y de cómo responder las preguntas de nuestros amigos y seres queridos.
A continuación comparto algunos pensamientos acerca de algunos temas y preguntas relevantes e importantes.
Necesitamos recuperar el verdadero significado bíblico del cielo
En la Iglesia y culturalmente existe un concepto de cielo que no es bíblico. Es más bien una mezcla de creencias populares y bíblicas, pero al ser una mezcla deja de ser una idea bíblica correcta.
Como una manera de provocar interés, y porque también es un término usado por muchos, escojo hablar del cielo usando la definición “el estado final de las cosas”, o “el estado final de los redimidos”. Es un concepto lo suficientemente diferente para crear curiosidad y lo suficientemente apegado a la enseñanza bíblica.
Para muchos el cielo es ese lugar espiritual (no físico) al que vamos después de morir, en el cual nos reuniremos con nuestros seres queridos. Es el lugar de la presencia de Dios y el consuelo eterno. Pero la Biblia nos ofrece una imagen más rica y maravillosa de lo que es el verdadero estado final de los redimidos.
El estado final de las cosas es la realización del plan perfecto de Dios, el cumplimiento de todas sus promesas (Ap. 22:3), el fin del pecado y la muerte (1 Cor. 15:55-27); y el establecimiento pleno de su gobierno eterno (Ap. 21:3). No es una realidad puramente espiritual sino holística, integral, completa. Lo físico y lo espiritual en un estado eterno (1 Cor. 15:51-53).
El cielo no es un “premio de consolación”, el estado final de las cosas es la victoria final de Cristo, de la cual somos hechos parte. El pecado y la muerte serán destruídos, nuestros cuerpos serán resucitados y glorificados. No quedará rastro de lo que la muerte y el pecado han hecho, ellos no tendrán la última palabra en la creación de Dios.
Si deseas leer más acerca de esto, puedes ir a este artículo de Coalición por el Evangelio.
¿Qué pasa después de la muerte?
La Biblia nos habla acerca de lo que llamamos el estado intermedio. Con esto nos referimos a la existencia del creyente justo después de la muerte, pero antes de la segunda venida de Cristo, la resurrección de los muertos, y su posterior glorificación (cuerpos transformados).
Estando en la cruz, Jesús le dijo al ladrón que estaba al lado de él “de verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Entendemos por esto, que este estado intermedio es en la presencia de Dios el Padre y Jesús nuestro salvador.
Pablo afirma que fue transportado al paraíso, donde vio y oyó cosas increíbles y maravillosas que a nadie se le permite contar (2 Cor. 12:2-4). Quizás eso derribe la imagen que tienen muchos del cielo como un lugar aburrido. Los escritores bíblicos solo pueden ofrecernos algunas palabras e imágenes, intentando capturar la belleza y lo asombroso de algo indescriptible.
Si tomamos el libro de Apocalipsis como una referencia para responder a la pregunta acerca de la consciencia de las personas en este estado intermedio, este libro nos muestra a los creyentes—específicamente a los mártires—elevando sus súplicas a Dios, rogándole que haga justicia (Ap. 6:9-10).
¿Significa esto que seremos plenamente conscientes de todo lo que sucede en el mundo? No necesariamente. Juan dice que aquellos que están debajo del altar son mártires que han muerto por causa de la Palabra y por su testimonio. Su clamor no es por cosas que ellos pueden ver que siguen sucediendo, sino por aquello que sucedió, “¿cuánto tiempo hasta que juzgues a la gente de este mundo y tomes venganza de nuestra sangre por lo que nos han hecho?”
Después de esta escena, Juan nos dice que se les dio descanso. Apocalipsis también afirma que Jesús nos pastoreará, y Dios enjugará toda lágrima (Ap. 7:17). El descanso, el consuelo, el gozo, la plenitud, el paraíso; son todos estos conceptos asociados con este estado intermedio. El simple hecho de la presencia de Dios el Padre y de Jesús nuestro Señor es suficiente para llenarnos de confianza y seguridad.
Este estado intermedio no es un limbo espiritual, no es una sala de espera antes de que se decida nuestro destino eterno; sino que es una seguridad para el creyente.
Todo aquel que ha puesto su de en Jesús tiene la seguridad de que ha recibido vida eterna, y puede tomar para sí las palabras de Jesús “de verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”, en seguridad y en espera en esperanza de la Segunda Venida de Cristo, cuando todo sea renovado y nuestros espíritus se unan a cuerpos glorificados para así disfrutar el estado final eterno de todo.
Si quieres leer un poco más acerca de esto, puedes leer este otro artículo de TGC.
Acerca de aquellos que han muerto sin Cristo
Sé lo que es perder a alguien y preguntarse dónde está mi ser querido, ¿Cuál fue su destino? ¿Está con el Señor o está separado de él?
Hace algunos años perdimos a mi papá. Él murió en su casa mientras dormía. Fue uno de los momentos más tristes de mi vida y un tiempo de mucho dolor, dudas y desafíos; pero también un tiempo donde recibí de parte de Dios un consuelo indescriptible.
Mi papá fue a la Iglesia durante algún tiempo, incluso se bautizó. Sin embargo, nunca vi en él algo que yo pudiera identificar como una evidencia de una relación real con Jesús. Cuando el falleció, una pregunta comenzó a atormentarme: Señor, ¿Dónde está mi papá?
Durante esas semanas luché con mis propios argumentos y mi fe. Si mi papá no creyó realmente en Jesús y su obra en la cruz, el único destino posible es el tormento eterno del infierno (Heb. 9:27). Tal posibilidad me mantenía aterrado, triste y con sentimientos de impotencia. Cómo hubiera deseado poder tener la paz de la seguridad de su salvación, pero no era así.
Después de algún tiempo, oraba al Señor; y sentí de parte de Dios una respuesta. Y su respuesta era más bien una pregunta. El Señor me preguntó, “¿Confías en mí?”
Esa pregunta me desarmó. Durante muchos días intenté resolver mi conflicto intentando reconciliar mi teología, mis creencias y la realidad. Pensaba en posibilidades, en teorías, formas de conectar todo para sentir paz. Pero lo que finalmente trajo paz y me puso los pies sobre la tierra fue esa pregunta de parte de Dios: ¿Confías en mí?
¿Qué le decimos a alguien que nos pregunta dónde está su familiar que murió sin Cristo?
Primero, seamos sensibles y compasivos (1 Cor. 1:3-4). No se trata de agarrar a la persona a bibliazos ignorando el dolor y sus necesidades emocionales inmediatas. No se trata solo de ir por el mundo corrigiendo la teología de las personas. Tenemos que asegurarnos que tenemos un corazón compasivo para con los de corazón roto.
Segundo. Para todo hay un tiempo—dijo el predicador. Esta es una pregunta que se va a presentar. Hay que ser pacientes y saber distinguir cuando es un buen momento para ofrecer la verdad de la Palabra. Por lo general las mismas personas van a hacer esta pregunta cuando estén listas.
Cuando me invitan a compartir alguna meditación en algún funeral, pregunto al familiar que me invitó si la persona era creyente. Si la persona era creyente, el asunto es más sencillo. Si no, entonces me enfoco en compartir alguna meditación para la familia y enseño acerca de la esperanza en Jesús, su sacrificio y su resurrección.
Tercero. Ama a las personas con la verdad. Al responder esta pregunta solo hay dos escenarios bíblicos posibles. Si intentas evitar hablar la verdad, por implicación, estarás hablando mentira; y esa no es la forma de amar a las personas.
Una verdad dolorosa es mucho mejor que una mentira que acaricia (Prov. 27:5-6). Jesús dijo que la “verdad los hará libres”. Y esto es una realidad. A pesar de que la verdad pueda parecer cruel y difícil de aceptar, es mucho mejor que una mentira que mantendrá a la persona en oscuridad; lo cual sería una crueldad real.
Si estamos lamentándonos por una persona que murió sin Cristo, por qué privaríamos a otra persona de la Verdad que la persona fallecida hubiera deseado conocer.
Cuarto. Guía a las personas a Jesús. Esto es últimamente un asunto de confianza, no solo un asunto teológico o intelectual, aunque están conectados.
Toma mi testimonio como ejemplo. Al final, mi lucha con la verdad se redujo a lo que pienso de Dios mismo y si puedo confiar en él. Abraham tuvo una lucha similar, y dice esto:
Génesis 18:25. Seguro que tú no harías semejante cosa: destruir al justo junto con el malvado. ¡Pues estarías tratando al justo y al malvado exactamente de la misma manera! ¡Sin duda, tú no harías eso! ¿Acaso el Juez de toda la tierra no haría lo que es correcto?
Este versículo no es otra motivación para jugar al abogado y presentarnos delante de Dios para defender a nuestro familiar y decir “mira Señor, por estas razones mi ser querido merece ir al cielo”.
Ese no es el evangelio. El evangelio es que Jesús murió por personas que no merecían el cielo. Todos somos pecadores que merecemos el castigo eterno (Rom. 3:10, 23). Pero Dios envió a su hijo al mundo para morir en nuesto lugar, pagar por nuestros pecados y ofrecernos vida eterna (Rom. 3:24-25).
Al final de su argumentación, Abraham dice “¿Acaso el Juez de toda la tierra no haría lo que es correcto?”
Guía a las personas a Jesús. No hay nada que puedas decir que pueda traer la paz que solo una confianza puesta en Jesús puede dar. Es triste decir algo como esto, pero aunque ya no podamos influir en la eternidad de una persona que ha fallecido; si podemos impactar la eternidad de aquellos que aún siguen con nosotros (Lucas 16:25-26).
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